La Habana 1771

Sr. Mariscal de Campo Don FELIPE FONSDEVIELA Y ONDEANO (MARQUÉS DE LA TORRE). Capitán General de Cuba 1771 – 1777

Después de la toma de La Habana por los Ingleses en 1762, recuperada la villa ya en 1763, Carlos III, el monarca más ilustrado que gobernó a las Españas, inició un proceso de edificaciones en La Habana, comenzando con la triplicación de sus defensas primero hasta el grado de alcanzar la inexpugnabilidad deseada, y luego el mejoramiento de sus condiciones urbanas.

Para cumplir la segunda etapa llegó a nuestra ciudad un general [Mariscal de Campo] muy culto y refinado, el Marques de la Torre.

Fue la época cuando La Habana despegó económicamente: En tiempos del Marqués de la Torre, la Aduana de La Habana llegó a recaudar medio millón de pesos anuales. Más de doscientos barcos de travesía y unas cinco mil embarcaciones de cabotaje entraban en el puerto habanero cada año.

El azúcar y los cueros de Cuba empezaron por esta época a entrar libres de derechos en España, (1774). Con el aumento de la exportación de esos productos corrió pareja el de la cera, favorecida también con la libertad de introducción en la Península. El tabaco no, sobre el aun pesaba el estanco. Pero La Habana se enriquecía a pasos agigantados, visiblemente y la gente reflejaba el nuevo nivel de vida mandando a sus hijos a estudiar a Alemania, Inglaterra, Francia y España y adoptando costumbre refinadas.

Hasta 1770 autoridades habaneras se preocupaban sobre todo por dotar a la ciudad de obras para su defensa.

Había considerable número de iglesias y conventos y disponía la urbe de cuatro plazas: la de Armas, la de San Francisco, la del Cristo y la llamada Vieja.

Aún no se pensaba en trazar paseos ni se tenía la más remota idea de edificar un teatro, y se reducía el solaz del vecindario a las fiestas y procesiones religiosas, paradas y desfiles militares, y a recorrer las calles de los Mercaderes o de la Muralla, que presentaban en las noches, con sus numerosas tiendas alumbradas por lámparas de aceite de ballena y quinqués, el espectáculo de una gran bazar o de una feria.

No estaban construidos la Catedral ni el Palacio de los Gobernadores, y la actual plaza de la catedral era terreno cenagoso, yermo mientras la llamada “de armas” no pasaba por su mejor momento.

En esas condiciones se encontraba La Habana a la llegada de Felipe Fonsdeviela [o Fons-de-Viela], Marqués de la Torre, a quien se tiene como nuestro primer urbanista, «el bien recordado».

De inmediato, el nuevo gobernador prohibió las casas de tabla y guano en la ciudad y autorizó las edificaciones de dos plantas.

Proyectó la construcción de un teatro y de la casa de gobierno y dispuso la demolición de la vieja Iglesia Parroquial Mayor, -inhabilitada por un ciclón-, para dar impulso, con el producto de la venta del terreno donde se hallaba, a las obras de la iglesia de los jesuitas, que sería la Catedral. Orientó además la construcción del primer paseo con que contaría La Habana.

Ese paseo fue la Alameda de Paula, llamado así porque en uno de sus extremos se hallaba la iglesia colocada bajo la advocación de San Francisco de Paula y el hospital del mismo nombre.

La Alameda fue obra del notable ingeniero Antonio Fernández Trebejo, el mismo autor del Palacio de los Capitanes Generales, y se trata de un rectángulo con álamos y algunos bancos que corría entre la calle Oficios y el hospital. Se ubicó en el sitio conocido como el Basurero del Rincón, y la transformación fue espectacular: convirtió ese muladar en uno de los sitios más agradables de la ciudad, abierto a todas las brisas y a una perspectiva de la bahía que cortaba el aliento, en el lugar que parecía elegido con ese fin desde la fundación de La Habana.

PINOS, ÁLAMOS, LAURELES

Al mismo tiempo (1772), el Marqués de la Torre ordenaba la construcción de lo que entonces se llamó Alameda de Extramuros, un paseo fuera de la muralla que se extiende desde el Campo de Marte —actual Plaza de la Fraternidad Americana— hasta el actual Malecón, vía cortada por el Parque Central que la dividía en dos.

No pocos nombres tuvo desde sus inicios. Alameda de Extramuros, Paseo del Prado, Nuevo Prado, Paseo del Conde de Casa Moré. Fue el 10 de octubre de 1928 cuando se le dio el nombre de Paseo de Martí… Pero por lo general se le identifica como Prado. El gobernador Ricafort introdujo algunas mejoras a la obra original, y lo mismo hicieron otros capitanes generales como Luis de las Casas y el Conde de Santa Clara.

Otro gobernante, Miguel Tacón, la hermoseó bastante, pero construyó a su final el pesado y cuadrado edificio de la Cárcel. El capitán general Jerónimo Valdés, que tanto hizo por el embellecimiento de La Habana, también lo favoreció y lo mismo hizo el Príncipe de Anglona cuando, en 1840, dio al paseo el nombre de Isabel II.

Es decir la época de España tuvo su cara más agradable sin la menor duda.

Mario Adolfo Marti Brenes